Un coche que se conduzca solo, que esté permanentemente conectado a nuestra vida digital con garantías y seguridad, que no contamine ni haga ruido. Un automóvil del que ni siquiera tengamos la propiedad, sino que sepa a dónde tiene que ir a recoger a un pasajero y a otro (o más) con el que compartirá viaje y cómo hacer la ruta más óptima para todos. Las automovilísticas están presentando en los Salones del Automóvil todas sus estrategias para las próximas décadas, planes que van más allá de tener un vehículo que corra más, sino que dan la vuelta a lo que hemos conocido como industria del motor. Y no basta con dibujarlo. Para que sea realidad, hay que fabricarlo en serie y a un coste asequible.