Rodrigo Rato era esta mañana del martes el más pálido de los ocho que estaban en la mesa de la comisión de investigación de la crisis financiera del Congreso. O todos han estado de vacaciones menos él, que preparaba el discurso, o estaba más preocupado ante el reto que se le presentaba. Enseguida quedó claro que podían haber sido las dos cosas, porque se tomó la sesión muy en serio: como un gran ajuste de cuentas con el resto del mundo. En su relato, Rato se fue librando de los marrones que jalonan su carrera porque justo empezaban cuando se iba él, sin que hubiera le menor relación entre una cosa y la otra, y todos los demás que vinieron después se fueron equivocando. El Banco de España, sus inspectores, los peritos, Deloitte, la CNMV, el FROB, los jueces de la Audiencia Nacional, los bancos centrales europeos, los Gobiernos sucesivos y no digamos Luis de Guindos, a quien dedicó frases venenosas. A cada uno que sacudía, era una espina que se quitaba, pero también, se sobreentendía, un amigo o un apoyo que ya no tenía, hasta que al final se quedó desnudo, sin espinas y, por eliminación, sin aliados conocidos. Como un puercoespín desarmado. O más sencillamente, un hombre solo.