La bandera blanca ha dejado de ondear en Sant Sadurní d’Anoia, la capital del cava. Una década después de que las dos grandes marcas de esta industria, Freixenet y Codorníu, sellaran la paz tras una guerra que duró más de diez años, los pequeños productores se rebelan contra una estrategia que abrió al espumoso catalán las puertas de medio mundo pero que le ha acabado pasando factura: hacer del cava un producto barato. La decisión de seis bodegas de prestigio de la comarca del Penedès de crear una marca colectiva de calidad ha provocado malestar entre las familias del cava. En especial, en un momento convulso para los gigantes del sector.