En Islandia no existen las variedades dialectales. Su idioma suena igual en los más de 100.000 kilómetros cuadrados de esta isla perdida a medio camino entre Europa y América. Los historiadores atribuyen esta peculiaridad a los muy habituales traslados a los que se veían obligados los agricultores: a medida que buscaban tierras donde la vida fuera menos dura, su forma de hablar se iba unificando.