El desafío ético de Casa Ametller

En la fábrica —o, como prefiere llamarla la empresa, “obrador”— de Casa Ametller en Olèrdola (Barcelona) hay una pequeña sala en la que se cocinan las tortillas preparadas que luego se venden en las 94 tiendas del grupo Ametller Origen. El espíritu sigue siendo el de hacer comida casera y de proximidad, pero algo ha cambiado en los últimos tiempos: si antes un grupo de trabajadores mimaba las tortillas, les daba la vuelta y las empaquetaba, ahora una máquina con 30 sartenes hace el proceso casi automático. Solo dos personas vigilan un sistema que produce más y que además evita lesiones en la muñeca, ya que la vuelta a la tortilla la hace la máquina. Este ejemplo se traslada al resto de la fábrica, que se enfrenta a un reto mayor que el de seguir cocinando como en casa. El crecimiento de la empresa, que facturó en 2017 162 millones de euros, un 17% más que el año anterior, y que prevé aumentar otro 15% en 2018, obliga a empezar a pensar en grande a una compañía que siempre ha basado su valor en tener un producto propio, sostenible y de proximidad, desde el campo hasta la tienda.

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