La fiebre por el influencer, una persona famosa en redes sociales, se ha desatado en la mayoría de las marcas pero con desigual resultado. Aterrorizadas porque los consumidores dejen de escuchar sus mensajes, las empresas se echan en brazos de estos prescriptores para recorrer un camino incierto en el que no está claro el impacto de la inversión. La guerra por el «me gusta» está servida.