La paradisíaca playa virgen de Bolonia (Tarifa, Cádiz) colgó el cartel de completo el pasado verano. En los días fuertes de agosto, agentes de la Guardia Civil apostados a pie de carretera tenían que disuadir a los turistas: la playa estaba llena, no cabía un coche más. Hoy, el paisaje es bien distinto: tan idílico como fantasmagórico. «Somos los únicos que aquí abrimos todo el año. Aunque en Bolonia siempre hay gente, esto ahora no tiene nada que ver con el verano», confiesa Carlos Barranco, gerente del Restaurante Otero, ubicado en las inmediaciones de la playa. Atienden a algunos clientes locales e ingleses, principalmente en fin de semana, pero sin aglomeraciones. Barranco es uno de los pocos valientes que, en la costa, se anima a desafiar a la temida estacionalidad. Ciudades costeras como Conil y Vejer de la Frontera (ambas en Cádiz), Punta Umbría (Huelva), Estepona (Málaga) o Palma de Mallorca resisten como pueden a un mes de enero que es el contrapunto a ese agosto en el que llegan a quintuplicar su población.