
Los inversores públicos se pueden permitir ser exigentes, y el riesgo, más que la recompensa, podría acabar fijando el tono.
Hasta hace poco, las empresas se resistían a salir a Bolsa a un precio inferior a sus últimas valoraciones privadas. Pero el estigma está desapareciendo. Ante un mercado estadounidense de cotización todavía inestable, las empresas que quieren dar el salto están empezando a reajustar sus expectativas.
Un ejemplo es Chime Financial. El neobanco quiere vender acciones a un precio de entre 24 y 26 dólares. En la parte superior de ese rango, Chime tendría una valoración de 11.200 millones de dólares (9.800 millones de euros) sobre una base totalmente diluida. Esto supondría un fuerte descenso con respecto a la valoración de 25.000 millones de dólares que la empresa alcanzó en una ronda de financiación privada en 2021.
Pero incluso a esta valoración reducida, que equivale a unas 7 veces los ingresos del año pasado, Chime parece cara. Aunque la empresa, que ofrece servicios de banca digital sin comisiones a los estadounidenses que ganan menos de 100.000 dólares, cuenta con 8,6 millones de usuarios activos mensuales y generó 1.700 millones de dólares de ingresos el año pasado, aún no ha registrado beneficios en un ejercicio completo. PayPal y Block cotizan a un múltiplo de aproximadamente dos veces.
Además, el modelo de negocio de Chime, con sede en San Francisco, tiene una peculiaridad. Al igual que otros neobancos que han surgido en todo el mundo en los últimos años, ofrece servicios bancarios como cuentas corrientes y cuentas de ahorro de alto rendimiento a los usuarios a través de bancos asociados. Pero a diferencia de los bancos tradicionales que dependen en gran medida de los ingresos por intereses, el año pasado el 76% de sus ingresos procedieron de las denominadas tasas de intercambio. Éstas se cobran cada vez que los clientes utilizan sus tarjetas de débito o crédito de la marca Chime.
En virtud de la Enmienda Durbin, una disposición legal surgida de la crisis financiera de 2008, las tasas de intercambio de las tarjetas de débito tienen un límite de 21 centavos por transacción más el 0,05% de su importe. Pero la norma sólo se aplica a bancos con activos que igualen o superen los 10.000 millones de dólares. Chime ha podido cobrar más tasas de intercambio porque sus bancos asociados, Bancorp Bank y Stride Bank, están por debajo de este umbral.
Este arbitraje regulatorio es el combustible que ha ayudado a impulsar el crecimiento de Chime. Los ingresos aumentaron una media del 28% en cada uno de los dos últimos años. Pero no es algo que los inversores puedan considerar permanente. Cualquier cambio en la Enmienda Durbin, o si los socios de Chime superan el umbral de los 10.000 millones de dólares en activos, podría ponerlo en peligro.
Los esfuerzos por desarrollar otras fuentes de ingresos están dando algunos resultados. Los ingresos relacionados con la plataforma —compuestos por las comisiones de MyPay, un servicio de adelanto de cheques de pago y el uso de cajeros automáticos fuera de la red— aumentaron un 54% el año pasado, aunque partiendo de una base baja. Sin embargo, la captación y fidelización de clientes no resultan baratas. Los gastos de ventas y mercado se comieron un tercio de los ingresos el año pasado. Los gastos de explotación ascendieron en total al 91% de los ingresos.
Los inversores públicos, aunque más tranquilos y receptivos a las nuevas cotizaciones que hace dos meses, pueden permitirse ser exigentes. Esto supone un obstáculo para las empresas que tratan de recuperar sus valoraciones máximas de hace unos años. Para empresas como Chime, esto puede significar que la música de ambiente de la OPV está dictada más por los riesgos que por las posibles recompensas.
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