El euro digital y el cambio de motor del sistema financiero

La industria de la automoción lleva una década patas arriba. Nos guste o no el coche eléctrico, nadie puede negar que la transición del motor de combustión a la movilidad eléctrica está siendo muy compleja.

Pues bien, del mismo modo que los coches eléctricos están transformando la cadena de valor de la automoción, las nuevas formas de dinero digital están redefiniendo el mapa de actores, modelos de negocio, las infraestructuras y la gestión de riesgos del sector financiero.

El euro digital se antoja como la manifestación más visible de ese cambio. Pero no es el único. A su alrededor emergen nuevas infraestructuras y formas de dinero que, sin sustituir al efectivo ni a los depósitos bancarios, están reconfigurando la arquitectura de pagos y liquidaciones de operaciones financieras. Hablamos de otras monedas digitales de banco central (CBDC), stablecoin privadas, token de depósito y otros modelos de dinero programable integrados en redes basadas en blockchain. La cuestión ya no es si llegarán, sino cómo y a qué velocidad se adoptarán. Al igual que los diferentes modelos de movilidad eléctrica no se impusieron de la noche a la mañana, la transformación monetaria será progresiva, híbrida y con múltiples trayectorias tecnológicas.

Centrémonos en el euro digital. Aquí en Europa, salvo sorpresa, en breve no solo se operará con cash o con dinero bancario, si no que los ciudadanos también dispondrán de euros digitales. El BCE avanza en su proyecto. Hace unos días informó del inicio de la siguiente fase, a toda máquina, con 1.300 millones de euros sobre la mesa para su desarrollo y puesta en marcha. Casi nada. Tras un largo periodo de investigación, y a expensas de aprobación legislativa por parte del Parlamento Europeo en 2026, se espera que en 2027 se lancen los primeros pilotos. En 2029, según su planificación, ya podremos tener euros digitales en nuestros dispositivos móviles, aunque su adopción y uso serán progresivos. Parte de nuestro cash podrá ser digital y estará fuera del banco en la infraestructura del BCE.

Desde la perspectiva de las entidades financieras, el impacto es inevitable: toca de lleno en su motor. La introducción de una nueva forma de pasivo del banco central con acceso minorista podría alterar el equilibrio entre depósitos bancarios y dinero público, reconfigurar la demanda de liquidez y modificar las dinámicas de intermediación. Desde el punto de vista de la estructura financiera de los bancos, el euro digital introduce una variable inédita en la gestión de balance. El establecimiento de un límite de tenencia individual, inicialmente de 3.000 euros, será determinante para calibrar su impacto sobre la base de depósitos minoristas, que hoy constituye la principal fuente de financiación estable. Si el umbral se sitúa en ese importe, el efecto sobre la liquidez estructural será reducido; pero si el límite crece o surgen otros incentivos de uso generalizado, podría desplazar parte del ahorro líquido hacia el pasivo del banco central, reduciendo la capacidad de los bancos para transformar depósitos en crédito. Por ello, la gestión del colchón de liquidez y de los activos líquidos de alta calidad se convertirá en un elemento central de la estrategia financiera de las entidades durante la transición al nuevo modelo monetario.

Pero no solo eso. Los costes de adopción, según informes recientes emitidos por el propio BCE, supondrán entre 4.000 y 5.800 millones de euros. Eso considerando que se adapten infraestructuras ya existentes y se lancen desarrollos sectoriales que permitan aplicar sinergias. Se deberán adaptar los canales, físicos y digitales, muchos de los productos, los servicios de pago, los modelos de gestión de fraude, etcétera. La adopción del euro digital supondrá para la banca europea una inversión estructural similar en escala y complejidad a la adopción de SEPA (Single Euro Payments Area, en inglés) hace dos décadas, pero con impacto mayor en sus infraestructuras y modelos operativos. A medida que se definan las normas técnicas y se lance la fase piloto, estos costes podrían incluso aumentar por nuevas funcionalidades.

En definitiva, el BCE está empujando a los bancos a un ejercicio de dimensiones muy significativas. No lo hace por los ciudadanos (ya podemos pagar de forma digital). No lo hace por los propios bancos. Lo hace por factores mucho más profundos como la reducción de la alta dependencia tecnológica actual, el riesgo de pérdida de control de política monetaria, la estabilidad financiera y la autonomía estratégica.

El dinero digital marcará un antes y un después en el modelo industrial de la banca, igual que el coche eléctrico lo hizo en la automoción. En los próximos años veremos cómo los bancos tendrán que adoptar sus nuevos motores. ¿Combustión, eléctrico o híbrido? Me reservo mi opinión, pero por la calle no dejo de ver nuevos modelos y nuevas marcas.

*Álvaro Casado | Socio de FS Strategy, responsable de Digital Assets de KPMG en España