
Las tensiones geopolíticas han hecho temer que se haga más difícil acceder a los servicios estadounidenses si las relaciones se deterioran.
La guerra, los aranceles y la pandemia han enseñado a las empresas la importancia de gestionar sus cadenas de suministro físicas teniendo siempre presente la posibilidad de interrupciones. Los principales banqueros europeos afirman, con la mirada de esperanza puesta en sus propios beneficios, que las empresas pronto prestarán la misma atención a sus proveedores financieros.
Christian Sewing, de Deutsche Bank, es uno de ellos. La semana pasada aseguró a los inversores que «a los clientes de todo el mundo les gustaría contar con un banco europeo en la mesa», lo que representa una oportunidad para la entidad que dirige. El consejero delegado de Barclays, CS Venkatakrishnan, y el CEO de UBS, Sergio Ermotti, han planteado ideas similares. La noción de que las empresas no quieran depender exclusivamente del Tío Sam no es nueva, pero cobra mayor sentido a medida que aumentan las tensiones entre Europa y Estados Unidos.
Tendencias como el «reshoring» (repatriación industrial) o el «friendshoring» (deslocalización entre aliados), ya habituales en el sector manufacturero, no deberían aplicarse a la banca. Los servicios no están sujetos a aranceles; los préstamos no tienen por qué pasar por el estrecho de Ormuz. Pero la pandemia del coronavirus demostró que, en tiempos difíciles, los bancos internacionales sufren presiones para centrarse en sus mercados principales. Las recientes tensiones geopolíticas suscitan preocupaciones legítimas sobre la posible dificultad para obtener servicios estadounidenses si las relaciones se deterioran.
Entidades como Deutsche Bank y Santander también podrían ver una oportunidad para aumentar su cuota de mercado gracias a las necesidades de financiación en rápido crecimiento de Europa, donde cuentan con una ventaja competitiva. Según el Banco Central Europeo, el continente necesita 1,2 billones de euros en inversión anual adicional entre 2025 y 2031 para alcanzar sus objetivos en materia de energías renovables, defensa y tecnología. Una parte importante provendrá de los bancos, ya sea directamente o a través de sus divisiones de emisión de acciones y deuda.
Si bien varios bancos desean posicionarse como «campeones europeos», existen pocas pruebas de que las entidades europeas estén ganando terreno como resultado de estas tendencias generales. El negocio de renta fija de Deutsche Bank ha ganado cuota de mercado en los últimos años, pero también se está recuperando tras años de reestructuración. Según datos de LSEG, BNP Paribas fue el único grupo de la región que se posicionó entre los cinco principales bancos de inversión de Europa por comisiones el año pasado.
Una regulación más flexible podría ayudarles a competir, pero es poco probable que los europeos tengan un respiro a corto plazo. Claudia Buch, presidenta del consejo de supervisión del BCE, declaró esta semana que la reducción de los requisitos de capital «pondría en riesgo la resiliencia del sector bancario de la zona euro». Los bancos del continente siguen en un limbo incómodo, donde los supervisores los ven como campeones y potenciales reincidentes a partes iguales, como también demuestran las disputas de UBS con el regulador suizo en materia de capital.
Quizás se deba simplemente a que, en comparación con sus primos estadounidenses, los bancos europeos no son tan buenos a la hora de promocionarse. Analistas de Keefe, Bruyette & Woods sugieren que no han mostrado la misma actividad a la hora de definir sus compromisos de préstamo a largo plazo como a principios de la década de 2020, cuando el foco se ponía en la energía verde. En cambio, JPMorgan Chase anunció el mes pasado que extendería su «iniciativa de seguridad y resiliencia» de 1,5 billones de dólares (1,2 billones de euros) —un plan a 10 años diseñado para facilitar la financiación a empresas de sectores críticos— a compañías europeas.
Por lo tanto, los bancos locales no pueden depender únicamente de la política para aumentar su cuota de mercado. Si bien a los ejecutivos les puede gustar la idea de diversificar sus relaciones bancarias, a la hora de la verdad, si necesitan un préstamo y el CEO de JPMorgan, Jamie Dimon, aparece ofreciendo condiciones más favorables, el mejor aliado de la empresa será quien les ofrezca el mejor trato.
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