El 31 de julio de 1914, la puesta en marcha del pozo petrolero de Zumaque I en el noroeste de Venezuela cambió para siempre la economía del país latinoamericano. En aquel momento, Venezuela era una nación pobre, eminentemente agrícola y sin instituciones fuertes. Y el líquido negro y viscoso que brotaba de aquella primigenia planta extractiva fue como un maná caído del cielo que, paradójicamente, acabaría sumiendo en la ruina a uno de los países más ricos del mundo en recursos naturales. Una oportunidad única de desarrollarse que, sin embargo —y tras un siglo de explotación petrolera a sus espaldas—, se puede decir que no ha sabido aprovechar. “Los venezolanos no entendían lo que la aparición del petróleo significaría para su futuro”, relata Raúl Gallegos, corresponsal en Caracas de la agencia Dow Jones y del diario Wall Street Journal entre 2004 y 2009 y hoy analista senior de la consultora Control Risks en Bogotá.