Acostumbraba Luis Valls-Taberner a retirarse los fines de semana a un chalé que el Banco Popular tenía en la sierra madrileña, donde se refugiaba para pensar, leer y escribir. Los lunes volvía al banco que presidía con las pilas cargadas y, con ese espíritu florentino por el que se conocía entre sus colegas, repasaba la agenda de la semana. Le gustaba estar al cabo de la calle y, más allá de sus habituales labores bancarias, invitaba a desayunar (café con picatostes) y, en menor medida a comer, a todo aquel que consideraba que le podía aportar algo fuera del sector, principalmente, políticos, sindicalistas y periodistas.

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