El 1 de enero de 2002, España se levantó, si es que se había acostado, con una nueva moneda. El euro comenzaba ese día a circular -era oficial desde 1999- en sustitución de la peseta, con la que conviviría hasta el 28 de febrero a un cambio diabólico: un euro equivalía a 166,386 pesetas. Las autoridades se esforzaban en facilitar la operación a los consumidores -6 euros son 1.000 pesetas, nos martilleaban- y en tranquilizarlos católicamente -“tanto monta, monta tanto, la peseta como el euro”. “Los clientes se fían”, le decían a este redactor, entonces becario, los dependientes de un centro comercial el 5 de enero, primera prueba de fuego de la nueva moneda con los regalos de Reyes. Algo de esa confianza se había erosionado un año después. Pese a que los datos oficiales situaban la inflación en el 4%, existía una impresión generalizada de que la moneda europea había contribuido, redondeo de céntimos mediante, a que los precios se disparasen muy por encima del IPC.