Si algo caracterizan las jornadas que celebra el Fondo Monetario Internacional (FMI) cada seis meses en Washington es la calma con la que se desarrollan en los últimos años. El mundo se recupera lento y frágil de la crisis más dura desde la Gran Depresión, un declive brutal que ha empobrecido a las clases trabajadoras hasta en los países más ricos, pero, al menos desde 2013, nunca hay manifestaciones, ni carteles reivindicativos ni bocinas en la calle. Esa gran reunión de políticos, banqueros y economistas de todo el planeta se desarrolla en un pequeño perímetro que concentra la sede del FMI y del Banco Mundial —muy cerca ambos de la Casa Blanca y de la Reserva Federal— y se blinda hasta arriba, pero nadie protesta al otro lado de las vallas.