Si acaso triunfa la expresión economía enfadada estaríamos ante otro ejemplo de modismo que pretende englobarlo todo y en realidad no explica nada. El término populismo está en la misma onda: sirve para rotos, descosidos o malzurcidos en función de la arbitrariedad argumental del momento. Con más razones podría hablarse de economía angustiada, porque angustia es lo que sienten los grupos sociales a quienes se les ha retirado la base sobre la que vivían o soñaban. Esa angustia se manifiesta no sólo en la pérdida de empleo en los asalariados, sino en la difusa percepción de que no volverán a encontrarlo; para los empresarios, no significa solo que han desaparecido mercados tradicionales, sino que los emergentes y explosivos (los asociados a las nuevas tecnologías) han sido copados según las mismas reglas de acumulación que los tradicionales; y, por fin, resulta que la llamada economía colaborativa opera según un trade off poco colaborativo, puesto que las ventajas que supone para los clientes están tiznadas por la elusión fiscal. En el fondo, las plataformas responden a la misma lógica de la compraventa de oro: el contribuyente paga las ventajas que percibe el consumidor.