El euro cumplió la mayoría de edad en 2016, pero aún es una moneda adolescente: Bruselas y los Estados miembros son conscientes de la necesidad de crear una institución equivalente al BCE en el plano de la política fiscal para darle solidez. Un euro sin unión política, sin política fiscal, es «un castillo en el aire», decía Helmut Kohl. Durante la última década, una moneda que estaba diseñada para fomentar la estabilidad llegó a convertirse en uno de los grandes riesgos económicos del mundo, y alumbró una fractura Norte-Sur, una guerra de baja intensidad acreedores-deudores tanto por sus defectos de fábrica como por las incompatibilidades entre las culturas de política económica de los países que la usan. La eurozona está incompleta, y aun así consiguió salvar la Gran Recesión apenas retocando el edificio. Pero Bruselas, París y Berlín son conscientes de que necesita cambios profundos.