Hubo un tiempo en el que la bahía de Cádiz sazonó el mundo. De sus puertos partían barcos cargados con toneladas de sal. Los maestros salineros eran capaces de modelar las marismas a su gusto hasta convertirlas en un intrincado laberinto de líneas sinuosas y rectángulos perfectos. Al final del recorrido, el mar viraba al rosa y, de ahí, al afamado y codiciado oro blanco. Así había sido desde los fenicios. Pero cuando, en 1996, José Armenteros se hizo con la concesión de las marismas desecadas de Santa María, dispuesto a ampliar su negocio familiar de la sal, no fue capaz de encontrar a un técnico que supiese proyectar una salina extensiva.