Ahora que le han dado el Nobel de Literatura a Bob Dylan es el momento de recordar que la afirmación “Los tiempos están cambiando” conduce a ninguna parte. O peor, provoca confusión. Los tiempos están cambiando todos los días, todas las horas, todos los minutos y todos los segundos; cosa bien distinta es que ese cambio permanente sea disruptivo y en algunos momentos aparezca una convulsión; o que ese discurrir continuo se perciba en unos momentos más que en otros. Si la tautología de Dylan se refería únicamente en percepciones, aceptado. Pero conste que los cambios más importantes escapan a veces a la percepción, incluso para el observador avisado y el especialista en evoluciones. Todavía hay economistas que no han percibido la irrupción de la economía keynesiana, hasta el punto que siguen actuando desde sus cargos públicos como si una reducción de salarios fuera la solución para aumentar el empleo; y otros, creyentes en Keynes, que no aceptan el tránsito hacia una nueva realidad no mensurable con los criterios del ilustre autor de la Teoría General. Desde el punto de vista contrario abundan los análisis hipersensibles, casi neurasténicos, que se complacen en magnificar cada angstrom de evolución como su fuera un tránsito brusco del neolítico a la sociedad digital. No es eso; como decía la segunda leyenda inscrita en el pórtico de Delfos, Nada en exceso.

Seguir leyendo.