Primero se dice que la cumbre de la Unión Europea (UE) es histórica, por los asuntos que tiene que resolver y por el tiempo en que llega; cuando esa reunión fracasa no ocurre nada, siguen los mismos mandatarios comunitarios, su único aspecto retórico positivo suele ser que no se ha roto nada, sino que ha aparecido otro alambicado consenso para dar otra patada hacia adelante. Todo sigue igual excepto que un número indeterminado de ciudadanos europeos, cada vez mayor, se separa de esa lógica y deja de votar o vota a fuerzas eurofóbicas. Después de la que se ha celebrado la pasada semana en Bruselas, en la casi absoluta inanidad por la total división entre los países (migraciones, reforma del euro, Brexit, proteccionismo económico) ahora se ponen los ojos en la de septiembre, que ya se celebrará bajo la presidencia de turno de Austria (después va Rumanía).