La economía española ha cantado en los últimos años a Bob Dylan: “La respuesta, amigo mío, está en el viento”. Los ha habido favorables y adversos. Los datos exteriores —precios del petróleo, condiciones turísticas en países competidores, política monetaria— han explicado su signo. En el verano de 2018, esos condicionantes atmosféricos parecen augurar tormenta.