La crisis del Banco Popular, obligado a un ajuste de sus cuentas anuales de 600 millones de euros tras sucesivas ampliaciones de capital (5.400 millones desde 2012), parece un síntoma claro de que las dificultades de la banca, derivadas de seis años de recesión siguen latentes en una parte del sistema. El nuevo presidente de la entidad, Emilio Saracho, proclamó la necesidad de una nueva ampliación de capital y no negó la posibilidad de una fusión para hacer frente a los problemas actuales. El banco ha adoptado, además, la política de vender activos (parte del negocio de tarjetas Wizink y la filial estadounidense Totalbank). La profundidad de la crisis es innegable. El Popular, una de las entidades más rentables de Europa en los años noventa, ha perdido en el mercado el 18,35% de su valor en dos días y sus acciones valen hoy seis veces menos que en 2014.