«Me quedan solo días de ir a la mar. Luego me quedo sin nada y con una familia que mantener. No querría por mi hija, pero si me tengo que ir a Alemania a trabajar, lo haré». Marcos Salas, de 38 años y rostro moreno cuarteado por el sol, exhala con la mirada clavada en el imponente atardecer por Doñana. A pocos pasos, en el cantil del muelle del puerto pesquero de Sanlúcar, el que todavía es su jefe y armador de barco, Juan Carlos Sáinz, reparte responsabilidades: «En esto que está pasando cada uno tiene su culpa».