Cada mercado en España, cada actividad económica relevante, presenta, salvo excepciones, el paisaje inconfundible del minifundio. Las empresas suelen ser pequeñas y, con carácter asociado a su tamaño, suelen estar infrafinanciadas, circunstancia que limita mucho su expansión. Es característico además de una parte de las empresas españolas —las pymes constituyen la parte más importante del centro y, por cierto, las que más impuesto de sociedades pagan en términos relativos— el exhibir una especie de sesgo o gusto por la excelencia, que determina el volumen propio de la empresa. Piénsese en la gastronomía española, entre las primeras por calidad del mundo, formada por cocinero-empresarios que están volcados en la calidad de la cocina, pero no tanto en la consolidación de la empresa; y piénsese por ejemplo en la moda. Muchos modistos y modistas son capaces de desarrollar una gran calidad técnica y artística, pero sus empresas no pueden competir en condiciones desahogadas, con las excepciones de Inditex o Mango y quizá un tercer o cuarto grupo en concurrencia. Quizá el problema sea que la moda se dirige en principio a una demanda de alta gama que los mercados tienden después a ir aproximando a los consumos medios.

Seguir leyendo.