Las previsiones sobre la economía mundial para 2018 son, en general y percibidas a distancia, buenas. Hay un cierto acuerdo en que se mantendrá una tasa de crecimiento en torno al 3,8% y también en que ese crecimiento no será muy dispar entre las distintas áreas económicas. Puestos a prever, también se supone que incluso las llamadas economías emergentes se habrán recuperado de las dificultades de años anteriores. El problema es que las previsiones suelen ser —casi en el 100% de los casos— irrelevantes. Transmiten, amplificada, una sensación presente, que hoy es optimista, sin explorar analíticamente (quizá porque es difícil y también entraña riesgos elevados de error) la evolución probable de las debilidades globales. El hecho es que las amenazas económicas que se concretan en cada momento no son las que están explícitas en el momento anterior. Incluso cuando esos riesgos laten a la vista de todos puede suceder que escapen a una interpretación que relacione una causa evidente con un resultado explosivo. Piénsese en la crisis de 2007 ¿acaso la hipertitulización, la práctica de sostener billones sobre hipotecas basura y el apalancamiento masivo no sucedían delante de todo el mundo?

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