El ascenso y la pesadilla de Abengoa: la obsesión de poder que llevó a la empresa al abismo

«Felipe era Dios». El axioma que durante 25 años elevó a los altares al presidente de Abengoa, Felipe Benjumea, es repetido con frecuencia por los directivos de la multinacional andaluza para explicar por qué el buque insignia de las renovables casi se va a pique. La frase demuestra el control absoluto del presidente ejecutivo sobre cualquier hoja que se movía en su firma, pero entre líneas esconde una de las principales razones que motivaron su preconcurso de acreedores en noviembre de 2015: contra la lógica del mercado —sustituida por la voluntad del totémico líder—, Abengoa se resistió durante su expansión a ampliar capital. Quería crecer, crecer y crecer, pero sin que su cúpula cambiara. Quería ampliar horizontes y llegar a 80 países, quería innovar y aplicar la tecnología más puntera a obras faraónicas de ingeniería, quería llevar energía limpia a millones de familias, quería asaltar los mercados y cotizar en el Nasdaq. Y lo logró. Pero su sala de mandos seguía siendo la de una pequeña firma familiar.

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