«Quantitative easing«: en román paladino, flexibilización cuantitativa (o QE, por sus siglas en inglés). Esas dos palabras mágicas explican buena parte de la respuesta de los bancos centrales a la Gran Recesión. Cuando peor estaba el huracán financiero y en medio de una sacudida formidable en los mercados de bonos, los responsables de política monetaria se sacaron de la chistera un bazuca y se pusieron a disparar: activaron compras multimillonarias de todo tipo de activos, incluida la deuda pública, y pusieron en marcha otras medidas extraordinarias como los tipos de interés negativos. Lo nunca visto. Estados Unidos hace tiempo que ha iniciado la retirada. Europa empieza a anunciar que está pensando también en dar un paso atrás: el economista jefe del BCE, Peter Praet, ha explicado hoy en Berlín que la recuperación de la eurozona y las señales de mejoría en la inflación obligan al Eurobanco a «evaluar si el progreso hasta el momento ha sido suficiente para justificar la retirada gradual de las compras». El presidente del Bundesbank, Jens Weidmann, ha calificado como «plausibles» las expectativas de una retirada de estímulos hacia final de año.