Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo, está en uno de los momentos más delicados de su presidencia. Florentino casi siempre y duro, muy duro, con Donald Trump. La economía mejora, la inflación se recupera y la eurozona vuelve paulatinamente a algo parecido a la normalidad después de siete años de vacas flacas, pero los riesgos internos y externos son formidables y el BCE no quiere una sola sorpresa. El jefe del Eurobanco ha minimizado ante el Parlamento Europeo el reciente repunte del IPC y ha redoblado su mensaje acerca de la necesidad de mantener las medidas extraordinarias de política monetaria, en especial las compras de activos. En plata: no es el momento de iniciar la retirada. En una comparecencia muy política, Draghi ha reservado una saeta de primera para el nuevo presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que a las tentaciones proteccionistas acaba de sumar un deseo irrefrenable por desregular un poco más el sistema financiero. Trump diseña la nueva piel del capitalismo al otro lado del Atlántico con una combinación de nacionalismo económico y manga ancha para los bancos. La respuesta de Draghi ha sido un directo al mentón: «Una de las principales razones de la crisis actual es el desmantelamiento de la regulación del sector bancario en los años previos a la crisis. Lo último que necesitamos es relajar la regulación financiera internacional. Eso sería preocupante. Muy preocupante».