No constituye una novedad explicar que el comercio minorista en España ha respondido a la crisis de 2007 (crisis financiera más recesión subsiguiente) instaurando un régimen permanente de rebajas. Los periodos especiales de julio y enero que el consumidor esperaba con cierta avidez han sido sustituidos por largas estaciones de precios reducidos, días de oro, mañanas de plata y tardes de platino. La excepción en el comercio es ya un periodo sin precios especiales; hasta el punto de que debería ir pensándose en conmemorar un Día Internacional sin rebajas. Conviene detenerse un poco en la antigua excitación por el artículo rebajado, hoy un recuerdo tan perdido como las cataplasmas o la capacidad técnica de los políticos. Cuando había dos rebajas anuales, el consumidor contenía su expectativa y la iba alimentando día a día con las imágenes de una ganga posible o un artículo demasiado caro que después de Reyes sería posible comprar. Hoy, esa ansiedad incitadora ha desaparecido. Y como no hay referencias (aunque entonces fueran falsas), la aventura y el entretenerse en la búsqueda son sensaciones hoy desaparecidas. También el riesgo de ser atropellado por una avalancha de compradores compulsivos.