El Ayuntamiento de Madrid aprobó hace unos días, en medio de una fuerte polémica, la conversión de un edificio de oficinas en el céntrico barrio de Malasaña en un complejo de pisos turísticos. Da igual que el Gobierno de por Manuela Carmena jure y perjure que legalmente no le ha quedado más remedio que dar el visto bueno a un proyecto que le vino dado por el anterior equipo del PP y recuerde que hace apenas un mes tumbó un plan similar porque allí sí había un resquicio para hacerlo. Una parte de sus votantes lo han sentido como una auténtica traición, hasta el punto de que un concejal de su propia formación votó con la nariz tapada (literalmente, se colocó sobre las fosas nasales los dedos índice y pulgar de una mano mientras levantaba la otra) y otros cuatro abandonaron el pleno para no tener que apoyar el proyecto. Pero ¿es para tanto? ¿Cuándo los pisos turísticos comenzaron a causar casi tanto rechazo vecinal como en otros tiempos pudieron causar los centros de dispensación de metadona?