El pacto estaba cantado, pero se hizo esperar más de lo previsto: llegó pasada la medianoche, más de nueve horas después del inicio de la reunión de ministros, y tras una gran bronca —una más— entre Alemania y otros países partidarios de más generosidad con Grecia. “La crisis griega acaba aquí en Luxemburgo esta noche”, proclamó el comisario de Asuntos Económicos, Pierre Moscovici, en un mensaje teledirigido a la historia. Pero tratándose de Grecia, incluso los finales felices van acompañados de un toque de tragicomedia. El encuentro se convirtió por momentos en un perfecto resumen de la guerra de baja intensidad entre el Norte y el Sur de Europa, entre acreedores y deudores; entre Alemania y Francia. Al final hubo fumata blanca, pero Berlín y París se enzarzaron en una bronca formidable. Alemania quería lo de siempre: condiciones menos generosas para la reestructuración de la deuda helénica (en un 180% del PIB, absolutamente impagable a juicio del FMI). Francia se alineó al lado de Grecia y reclamó más ambición: más solidaridad, imprescindible para que la economía del país termine de salir del pozo. Berlín siempre estuvo en contra de una quita, pero proponía anoche ampliar 10 años esos plazos, sin colchones de liquidez adicionales. París apostaba por 15 años y por dar más liquidez. Grecia pedía 20.000 millones más, y obtuvo 15.000.