Las alineaciones planetarias son cortas e inusuales. Ni siquiera son matemáticamente perfectas. La economía europea ha vivido en los últimos años algo parecido a ese fenómeno: el euro cayó favoreciendo las exportaciones, el petróleo barato redujo la factura energética, y las compras de deuda a gran escala del Banco Central Europeo desatascaron el grifo del crédito bancario. Ello se tradujo en un 2017 espléndido, con el mayor crecimiento de la última década. Aparentemente superados los tiempos de soluciones extraordinarias a problemas extraordinarios —la Gran Recesión y su legado—, la conjunción astral que impulsó la actividad también se dispersa: la zona euro sigue creciendo, pero a menor ritmo, e intercambia los vientos de cola por un nuevo surtido de riesgos políticos. De aroma transatlántico en el frente externo: Trump y la guerra comercial. Trump y la depreciación de la lira turca. Trump y la amenaza de sanciones a empresas presentes en Irán. E inequívocamente italiano en el interno: Italia y la deuda. Italia y el déficit. En definitiva, Italia y su desafío a la UE por el aumento del gasto.