El último magnate ballenero

Si hay una industria cuya supervivencia es un misterio es la ballenera. La captura de esos hermosos y pacíficos animales para ser procesados por su carne tiene la misma lógica que capturar osos panda para convertirlos en abrigos de piel. Pero esa matanza continúa existiendo. En un fiordo al norte de Reikiavik, la capital de Islandia, el aire helado se entremezcla con un olor dulzón a carne. Las fotografías de las instalaciones de la última planta de procesamiento que existe en el mundo de ballenas rorcuales semejan una instalación química. La escena tiene un encuadre familiar. Tres grandes tanques cilíndricos, un par de dependencias bajas construidas con maderas, altas verjas y unas luces intensas que filtran en prismas la lluvia de los primeros días de julio. Pero hay algo fuera de sitio. En el patio central, a simple vista, se desploma el cadáver desollado de la segunda mayor criatura (después de la ballena azul) que habita la Tierra. Es un rorcual común que horas antes ha sido pescado con arpones explosivos en las corrientes del Ártico.

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