
Los préstamos privados distribuidos en una variedad cada vez más amplia de vehículos podrían llevar a una muerte por mil cortes.
En las dos últimas semanas, dos empresas poco conocidas han sufrido problemas tras beber del grifo de la deuda: el grupo de préstamos para la compra de automóviles Tricolor y el proveedor de componentes de automoción First Brands. Sus créditos son modestos, pero su caída fue rápida, y su uso de la denominada financiación alternativa plantea cuestiones sobre las interrelaciones que están surgiendo en los mercados crediticios.
Antiguamente, los bancos concedían créditos a los prestatarios, y con suerte, éstos los devolvían. El crédito hoy es mucho más exótico. Los bancos tradicionales han delegado celosamente los préstamos a otras entidades financieras, extrayendo comisiones en el proceso. A su vez, las entidades no bancarias han financiado sus actividades captando dinero de aseguradoras, fondos de pensiones e inversores adinerados ávidos de rendimientos que superen a las acciones y los bonos.
Una característica de ello es el auge del «crédito privado»: préstamos concedidos por fondos especializados.Éstos gestionan en la actualidad más de 1,5 billones de dólares (1,3 billones de euros) en activos, según Preqin, suma que algunas estimaciones elevan al doble. Luego está el próspero y consolidado mercado de la división y reempaquetado de préstamos. Según Morgan Stanley, las gestoras de activos han emitido 380.000 millones de dólares de «obligaciones de préstamos colateralizados» (CLO) en 2025, casi un 20% más que en el mismo periodo del año pasado.
Una parte de esta innovación es útil. Los fondos de crédito privado tienen un menor apalancamiento que los bancos, lo que implica que se requieren pérdidas relativamente mayores para borrar su capital. Los inversores también inmovilizan el dinero durante más tiempo que los depositantes bancarios, por lo que el riesgo de un pánico es más bajo. Los préstamos respaldados por activos, como la venta de pagarés de clientes que llevó a cabo First Brands, o los bonos garantizados por créditos para automóviles, no son nada nuevo.
Pero ante el auge del mercado, existen dos riesgos. Uno es que el crédito se asigne con demasiada libertad, o con insuficiente diligencia, por personas que no son las que asumen el riesgo final. El otro es que el riesgo termine muy repartido, mucho más allá del sector financiero tradicional.
Un préstamo privado, por ejemplo, puede acabar en un fondo vendido a unos pocos inversores adinerados bien informados. Pero, cada vez más, también podría abrirse camino hasta planes de jubilación, dotaciones universitarias, y, a medida que se relajan las regulaciones, las carteras de inversores particulares. Los préstamos privados aparecen cada vez más en los CLO. Deloitte estima que los «fondos semilíquidos», donde el dinero puede retirarse periódicamente y con límites, podrían atraer 4,1 billones de dólares para 2030, el 40% de los cuales provendrían de inversores minoristas.
En ese escenario, cuando una empresa se encuentra con que no puede pagar, el número de personas afectadas es potencialmente mucho mayor; algunos podrían no saber que eran prestamistas en primer lugar. Sus pérdidas individuales pueden ser pequeñas. Pero si muchas empresas tropiezan, también lo harán algunos fondos. El resultado podría ser algo parecido a la muerte por mil cortes.
Las correcciones amplias y superficiales pueden no ser una amenaza sistémica como el colapso de Lehman Brothers o AIG, pero aun así pueden ser dolorosas. Las pérdidas que afectan a millones de hogares también pueden convertirse en un problema político.
Un consuelo es que es poco probable que los bancos más grandes carguen con las consecuencias esta vez. Su solidez financiera podría incluso convertirlos en colchón, en caso de que los préstamos no bancarios se desplomen. Si la banca en la sombra realmente se encamina hacia un ajuste de cuentas, esa sería la mayor diferencia con la crisis de 2008: en esta ocasión, los bancos de Wall Street podrían ser la solución, en lugar del problema.
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