La industria española del vino se resiste a la entrada de capital extranjero y aún es uno de los sectores que registra las más bajas inversiones foráneas en el conjunto de la industria alimentaria. A pesar de que el negocio de las bodegas fue rondado por compradores rusos y chinos, el desembarco real ha sido casi imperceptible y se ha centrado en pequeñas explotaciones a bajo precio con posibilidades de crecer. Aunque grandes empresarios vitivinícolas reconocen haber sido tanteados para posibles traspasos, lo cierto es que en la mayoría de los caso ni siquiera ha habido un proceso de negociación. En parte porque entre los bodegueros con marcas de éxito no ha habido una disposición a vender y en parte porque los interesados no estaban dispuestos a pagar grandes sumas por entrar en el negocio.