
Siempre se nos ha enseñado a ahorrar, para «las vacas flacas». Es una mentalidad profundamente europea que ha sostenido el estado de bienestar durante más de 50 años. Gracias a ello, hoy contamos con niveles de ahorro en máximos históricos, especialmente tras la pandemia.
Pero el mundo en el que vivimos ha cambiado, y en el contexto actual de inestabilidad estructural, marcado por vaivenes inéditos en una economía global e interconectada, ya no basta con ahorrar. Necesitamos canalizar esos esfuerzos financieros hacia propósitos que aseguren nuestro futuro como sociedad del bienestar, y esa base solo la puede conseguir la inversión.
Nos encontramos en un momento decisivo en el que Europa debe apostar por oportunidades propias que refuercen su autonomía estratégica y su crecimiento económico. Y esto solo será posible con más educación financiera y, sobre todo, con un cambio de mentalidad: pasar de un modelo centrado en el ahorro a otro que nos permita sostenernos y crecer a largo plazo. Hoy, más que nunca, necesitamos ser audaces y tomar buenas decisiones.
Porque el reto es mayúsculo, ante el impacto combinado del cambio demográfico y de una transferencia masiva de recursos que, de aquí a 2030, cambiará de manos cerca de 3,5 billones de euros en Europa, no podemos tomar una posición pasiva.
Este desafío se percibe con especial claridad en España. Nuestro país se sitúa en el podio europeo y entre los tres países de la OCDE con mayor esperanza de vida del mundo, y queremos que siga siendo así. Pero esto trae consigo profundas implicaciones estructurales que son necesarias abordar con urgencia si nos fijamos en las cifras socioeconómicas: en 2045 uno de cada tres españoles será mayor de 65 años y habrá solo dos trabajadores por cada persona jubilada, el equilibrio del sistema se tensiona. Y, de nuevo, la respuesta pasa por la inversión.
Porque precisamente en esa transferencia de recursos (miles de millones de euros solo en España) reside una oportunidad histórica: hacer crecer el país, mejorar el bienestar de sus ciudadanos y contribuir a reforzar la solidez económica de Europa en un entorno global incierto.
Y en un mundo cada vez más competitivo, no podemos permitirnos quedarnos atrás. Europa debe reducir la brecha que nos separa de economías como la estadounidense, donde los hogares destinan más del doble de su renta a la inversión: un 55% frente al 25% europeo. Y en España, esta brecha es aún mayor, lo que refuerza la urgencia del cambio.
Y, ¿cómo vamos a hacerlo? Con más educación financiera, menos barreras y más acompañamiento. Ayudando a los ciudadanos a invertir con criterio, confianza y visión de largo plazo, a través de herramientas sencillas y marcos que protejan al inversor y canalicen el ahorro hacia una economía más competitiva.
Por eso no conviene caer en un discurso catastrofista. Hay señales claras de avance. España suma cada año más de un millón de nuevos inversores, y en los últimos cinco años el número total se ha duplicado. En ING, España es el segundo país de nuestro grupo con más clientes inversores. Este progreso se apoya tanto en el desarrollo de vehículos de inversión cada vez más sencillos y accesibles como en el impulso de un ecosistema europeo que avanza en pagos, cuentas de ahorro e inversión, simplificación normativa e incentivos fiscales.
Queda camino por recorrer. Pero cada paso cuenta. Porque el objetivo que tenemos como sociedad es crecer, tomar las riendas de nuestro futuro y hacer que Europa vuelva a invertir. Ha llegado el momento de pasar del ahorro a la inversión.