La crisis financiera y la recesión han hecho aflorar graves problemas estructurales en el funcionamiento de las sociedades avanzadas. El del empleo —mejor dicho, el de la escasez de él— es uno de ellos y no el menor. La sociedad con abundancia de empleo fijo pertenece al pasado; la depresión ha servido para ampliar un régimen de precariedad laboral latente en los años anteriores a la crisis. Ninguna avance en el crecimiento económico resucitará el empleo estable como forma laboral dominante. Pero hay más. En los últimos diez años las grandes empresas —las llamadas grandes tecnológicas en primer lugar— han conseguido perfeccionar sistemas de evasión o elusión fiscal tan beneficiosos para sus intereses (¿que sería de los beneficios de los grandes conglomerados de Internet si tuvieran que pagar la tributación de cada país en el que operan?) como perjudiciales para los ciudadanos, que soportan una hemorragia permanente de los ingresos públicos fatal para los estados de bienestar correspondientes en cada país de Europa.

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