“Heaven” (cielo). El cartel que cuelga de la desvencijada puerta solo puede entenderse como una inesperada ironía. Un ruido ensordecedor da la bienvenida a los que se adentran en la sala. Peor aún es el calor que desprenden los cientos de procesadores que tratan a toda velocidad de resolver problemas matemáticos con los que crear un nuevo bloque de bitcoins, lo que en el argot de este mundillo se conoce como minado de criptomonedas.