Fue en los años ochenta cuando Ulrich Beck nos obligó a cambiar de registro para abordar los problemas que a partir de entonces debería resolver la política. Hechos cercanos e imperceptibles que transforman la vida cotidiana debían afrontarse con una nueva perspectiva que diese cuenta de los profundos desplazamientos que se producían en el mundo. Si un bebé fecundado en Holanda y gestado por una madre de alquiler en India se criaba después en Alemania, ¿era un asunto local o global? El cambio climático, la tecnología, las migraciones, constituían ejemplos de fenómenos globales que podían ser fuente de desigualdad y riesgos en el contexto inmediato. El sociólogo lo llamó “política interior global”.

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