
Las inquietantes reflexiones de Kelleher sobre la reubicación del banco tienen un coste.
Toda negociación implica cierto teatro. Esa es una manera de interpretar las amenazas cada vez más explícitas de UBS de trasladarse a EEUU si Suiza impone normas de capital más estrictas a su mayor banco. En otras palabras, un farol dramático para extraer un compromiso. Pero los directivos deberían recordar la antigua advertencia de que una palabra, una vez pronunciada, puede tener consecuencias irreversibles.
El presidente de UBS, Colm Kelleher, ya ha hablado con el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, sobre el traslado de la sede del banco. A Kelleher le preocupa que los cambios regulatorios previstos obliguen a su banco a inmovilizar 26.000 millones de dólares (22.500 millones de euros) adicionales de capital y le impidan competir a nivel internacional. Estas conversaciones se producen tras las advertencias de Cevian, el inversor activista que mantiene una estrecha relación con el consejo de administración de UBS, de que no ve «otra opción realista que marcharse» si Berna no suaviza sus propuestas.
Trasladar la sede de un banco de importancia sistémica mundial no es una idea tan descabellada como podría parecer: a Nordea se lo consideraba demasiado grande para quebrar cuando se mudó de Suecia a Finlandia en 2018, y sus acciones han tenido un buen comportamiento desde entonces. Cevian es uno de los mayores accionistas del banco nórdico, por lo que es poco probable que le asuste un cambio similar en el caso de UBS.
Eso no significa que sea probable, al menos por ahora. Para empezar, con respecto a uno de los temas centrales de la disputa de UBS —cómo contabilizan los bancos sus participaciones en filiales— los reguladores estadounidenses pueden ser bastante estrictos. Un UBS americanizado aún podría tener desventajas de capital en comparación con rivales como Morgan Stanley. También tendría que abordar la cuestión de si mantiene o escinde su principal banco minorista y corporativo suizo.
Además, si UBS está abierto a un cambio, ¿por qué no hacerlo de una manera que minimice el impacto de las nuevas normas de capital, pero sin abandonar Suiza? Analistas de Barclays consideran que lo que denominan «mitigación técnica» —la transferencia de capital entre filiales, una gestión más eficiente de los activos ponderados por riesgo y un mayor apalancamiento— podría compensar hasta el 85% del impacto.
La realidad es que existe un escenario en el que tanto UBS como sus reguladores obtienen gran parte de lo que desean: los suizos moderan un tanto sus propuestas, y UBS añade medidas de mitigación técnica.El resultado final debería ser mucho menos alarmante para los inversores de UBS y, a la vez, tranquilizar a los reguladores que temen que los grandes bancos actúen de forma descontrolada.
Dos influyentes comisiones parlamentarias suizas ya han presionado al Consejo Federal para que garantice que sus acciones sean «proporcionadas» y acordes con los estándares internacionales, lo cual es una buena señal para UBS. Los directivos de UBS no tienen incentivos para mencionar formas de limitar el impacto de las propuestas hasta que hayan presionado todo lo posible a los reguladores para que las suavicen.
Pero las inquietantes reflexiones de Kelleher sobre la reubicación tienen un coste. Aunque esta disputa termine en un compromiso, la pregunta sobre dónde debería estar la sede de UBS sigue en el aire. Al igual que el debate sobre la división de HSBC o la escisión del banco de inversión de Barclays, el debate resurgirá cada vez que UBS tenga problemas o cambien los vientos regulatorios. Como dicen en ocasiones los estadounidenses, una vez hecho, no hay marcha atrás.
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