
Algunas de las mayores combinaciones potenciales del continente siguen atascadas, en diferentes grados.
Los intentos de fusión de bancos europeos se están volviendo cada vez más frecuentes. Sin embargo, la mayoría de las operaciones recientes requerirá que se arrastre entre patadas y gritos a una de las principales partes interesadas —ya sea el objetivo, un gobierno nacional o ambos— para poder cerrarse. La adquisición de la entidad portuguesa Novo Banco por BPCE por 6.400 millones de euros es un caso excepcional: una unión bancaria que satisface a casi todo el mundo.
El banco francés BPCE afirma que la compra de Novo Banco a su propietario de capital riesgo Lone Star forma parte de un proyecto más amplio de «consolidación bancaria europea» necesario para impulsar el crecimiento económico del continente. Es cierto que al continente le vendrían bien las eficiencias, tanto para los clientes como para los accionistas, que supone tener más bancos grandes. Pero para que eso ocurra, deben confluir muchos intereses.
En este caso, lo han hecho. BPCE, propietario de Natixis y de un par de bancos minoristas franceses, obtiene una mayor escala y diversificación geográfica a un precio relativamente bajo. El precio de 1,3 veces los activos netos de Novo Banco parece alto, pero la entidad, formada a partir de los restos del fallido Banco Espírito Santo en 2014, es inusualmente rentable para los estándares de la eurozona. Valorado como múltiplo de los beneficios, el precio está en la línea del sector, incluso teniendo en cuenta la prima.
Para Lone Star, por su parte, la operación materializa de un plumazo una inversión extremadamente rentable. Probablemente podría haber ganado más en última instancia mediante una oferta pública de venta, pero la participación ya tenía ocho años, mucho tiempo para los inversores de capital riesgo. Y Lone Star parece ganar casi seis veces su inversión inicial de 1.000 millones de euros con la venta de su participación del 75% más los dividendos anteriores.
En un mundo ideal, el Gobierno portugués, que era accionista minoritario, también habría preferido una salida a Bolsa, pero la alternativa más probable a la oferta de BPCE habría sido una adquisición por parte del banco español CaixaBank. Dado que Portugal ya depende en gran medida de los bancos españoles, lo cual es una fuente de cierta consternación política, un propietario francés parece el menor de los dos males.
Será difícil que los astros se alineen de la misma manera en otras operaciones bancarias transfronterizas, por muy sólida que sea su lógica. Los gobiernos europeos, alentados por figuras de alto nivel como el expresidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, apoyan a los campeones bancarios europeos en teoría, pero los intereses nacionalistas a menudo se interponen en la práctica.
Algunas de las mayores combinaciones potenciales de Europa siguen, en mayor o menor medida, atascadas. Basta con fijarse en la resistencia a la adquisición por parte de UniCredit de una participación en Commerzbank, o en el drama creado incluso por operaciones nacionales como el intento de BBVA de comprar Sabadell. Estas operaciones siguen enfrentándose a obstáculos políticos. Pero si apuestas como la de BPCE dan resultado, la oposición parecerá cada vez más contraproducente.
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