
Los asistentes de IA podrían encontrar opciones que ofrezcan a los ahorradores tipos más altos por sus depósitos, pero los bancos también se beneficiarán de la tecnología.
Es una realidad de la banca que, cuanto menos interés muestra el cliente, más gana el banco. Las entidades obtienen cuantiosos beneficios al tomar el dinero que los clientes tienen inactivo en sus cuentas e invertirlo a tipos de interés más elevados. La IA agéntica, el término de moda del momento, alterará esta cómoda situación. Y, aunque haría falta algo más que eso para privar a los bancos de su posición privilegiada, tienen mucho que perder.
La teoría es que asistentes de IA como Muse de Meta podrían ayudar a los clientes a sacar un mejor partido a billones de dólares de «dinero ocioso». Esto podría traducirse simplemente en avisar al ahorrador cuando exista una opción más rentable para el saldo que tiene de más. O, de forma más ambiciosa, en transferir automáticamente ese excedente a un fondo del mercado monetario que ofrezca una rentabilidad superior a la casi nula que pagan hoy en día los depósitos de disponibilidad inmediata.
Esto supondría un cambio importante. Los bancos obtienen cerca de dos tercios de sus ingresos del margen entre lo que pagan por los depósitos y lo que cobran por los préstamos. JPMorgan Chase, Bank of America y Wells Fargo acumulan 1,6 billones de dólares (1,4 billones de euros) en depósitos que no generan intereses —el 16% de sus pasivos—. Pagar un interés del 3% por ellos les supondría 47.000 millones de dólares anuales, casi la mitad de sus beneficios conjuntos.
¿Se evaporarán realmente los beneficios bancarios hasta ese punto? Es poco probable. Los mensajes alarmistas sobre «retiradas de depósitos agénticas» pasan por alto las múltiples fricciones que impiden que los fondos de los clientes se muevan de un lado a otro. La barrera más simple es la confianza: ¿cederán los hogares el control de sus finanzas a empresas conocidas por su filosofía de moverse con rapidez y romper cosas? ¿Quién asumiría la responsabilidad si el agente enviara los fondos al lugar equivocado?
Pero no cabe duda de que la IA hará que los clientes sean menos pasivos, y existe una forma de estimar el coste que esto tendrá para los bancos. Cuando una entidad financiera adquiere otra en Estados Unidos, debe cuantificar el beneficio financiero de obtener depósitos fijos y baratos, frente a la alternativa de captar fondos en el mercado. Esto se conoce como «intangible asociado a depósitos» y suele equivaler a entre el 2% y el 3% de los saldos de las cuentas correspondientes, según un análisis de Mercer Capital.
Si aplicamos esa ratio a todos los bancos de Estados Unidos, con sus 20 billones de dólares en depósitos, la cifra resultante es de unos 500.000 millones de dólares. Dicho de otro modo, esa es la parte del valor del capital que los bancos perderían si todos esos depósitos ofrecieran una rentabilidad similar a la del mercado. Equivale a una décima parte del valor total de los bancos estadounidenses cotizados, según datos de S&P Capital IQ.
Es cierto que la IA también reportará beneficios a los bancos, además de pérdidas. La reducción de costes, una fijación de precios más eficaz para los préstamos y la prevención de costosos errores humanos deberían generar ganancias. Brian Moynihan, consejero delegado de Bank of America, declaró el mes pasado que su entidad había invertido 400 millones de dólares en mejoras de IA y había obtenido beneficios por valor de 800 millones. A medida que los agentes de IA ganen terreno, los frutos de estas iniciativas de eficiencia repercutirán cada vez más tanto en los depositantes como en los accionistas.
Por ahora, hay asuntos más preocupantes. Más de la mitad de los inversores bancarios consideran que las subidas de tipos de interés de la Reserva Federal representan el mayor riesgo para las valoraciones, según una encuesta de finales de septiembre del prestamista Truist a inversores. Muy pocos citaron la amenaza de los bots. Además, como advierte habitualmente el CEO de JPMorgan, Jamie Dimon, el sistema bancario lleva más de una década sin afrontar una crisis crediticia significativa, y hace tiempo que debería haberse producido una. Los verdaderos agentes del caos ya están entre nosotros.
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