Desde que, recién cumplida la mayoría de edad, su padre la colocara en un bingo “de locutora vendedora”, Raquel Saavedra, de 38 años, ha trabajado de todo. “Sobre todo de camarera”, explica, “pero también de patinadora en el Carrefour llevándole el cambio a las cajeras, de vendedora en un McDonald’s y de azafata en una de las navieras que hacen el trayecto a Ceuta y Tánger”. Todo le iba razonablemente bien hasta que se le ocurrió ser estibadora. Cuando fue a pedir trabajo, la sociedad que controla los muelles de carga en el puerto de Algeciras —el de mayor tráfico del país, con 1.800 de los 6.000 trabajadores que hay en España— le respondió de plano que no. “¿Y por qué no?”, preguntó Raquel. “Porque no se aceptan mujeres”, fue la única respuesta.

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