El que habla es Luzón. Pero la voz que se escucha no es la suya. Sale de un altavoz conectado a un móvil. No puede articular palabra porque se le van atrofiando poco a poco los músculos. Todavía puede andar y mover los brazos, pero la dolencia le atacó la garganta primero. Escucha las preguntas, escribe sus elaboradas respuestas letra a letra en la pantalla del pequeño aparato y las envía. Una voz recita la respuesta mientras Luzón mira a su interlocutora de frente. Y mientras escucha salir del móvil su propio relato, acompaña con gestos la explicación. Cada palabra suena metálica, pero llega llena de fuerza y determinación. «Ser paciente de ELA me ha confirmado que la esencia de la vida es tirar hacia delante», dice.