
En la oferta de compra de Sabadell por parte de BBVA, no cabe duda de que convencer a los accionistas individuales del primero de lo que plantean cada una de las dos partes en litigio es sustancial.
Está de moda hablar del relato casi para cualquier cuestión. Da lo mismo que se refiera a cuestiones políticas o económicas. En cuanto hay una controversia por cualquier motivo, de lo que se trata no es tanto de tener razón, algo que suele ser complejo en toda situación, como de ganar la pelea del relato.
En la oferta de compra de Sabadell por parte de BBVA, pendiente aún de ser autorizada su puesta en marcha de por parte de la CNMV, no cabe duda de que el relato (convencer a los accionistas del primero de lo que plantean cada una de las dos partes en litigio) es sustancial, especialmente para ver hacia dónde se inclinan los inversores individuales, porque se supone que los institucionales actúan de manera racional en función de lo que cuenten los números.
En este combate es evidente que Sabadell ha enarbolado la bandera del sentimiento (defensa de las pymes y de la territorialidad de su actuación frente a la internacionalización del oponente) y, sobre todo, de los accionistas, a los que señala que los defiende mejor apurando al máximo la devolución del capital generado, frente a quien quiere integrarlos en una entidad mucho más grande, pero no por ello con una rentabilidad menor.
Por su parte, en BBVA han mantenido siempre el mismo razonamiento: «La operación es buena para España, Cataluña y los dos bancos…», porque «se necesitan bancos grandes para competir en Europa y para hacer frente a las fuertes inversiones en tecnología que serán necesarias».
Condiciones
La pelea por obtener el apoyo de las fuerzas políticas, patronales, sindicatos y autoridades se ha decantado por Sabadell a la vista de las declaraciones públicas y, en el caso del Gobierno del Estado, por las decisiones, poniendo mayores condiciones que las alcanzadas por las autoridades de la competencia.
Pero ninguno de todos ellos, al final, tiene la última palabra en la decisión. Serán los accionistas de Sabadell, los individuales y los institucionales, los que acudan o no al canje de acciones propuesto por BBVA, ya que esta entidad ha declarado que no desiste de la operación.
Será el momento de los números. En este terreno, el consejo de Sabadell ha decidido apostar con todo lo que puede elevando el listón de los dividendos a pagar en los próximos meses (hasta abril de 2026) hasta el máximo. Tenía comprometidos 1.300 millones de euros, a los que quiere añadir 2.500 millones producto de los ingresos derivados de la venta de la filial británica TSB, cuando sea autorizada por las autoridades correspondientes en los primeros meses del próximo año. Realmente se trata de mucho dinero, algo más de la cuarta parte de la capitalización bursátil del banco.
Y el relato de nuevo. Sabadell ha lanzado dos mensajes. El primero, enunciado hace tiempo, que señala que a los precios actuales de la acción del banco los accionistas ganarían más si vendieran ahora que si acudieran a la oferta en los términos en que está formulada, ya que la prima que en su día ofreció BBVA es en estos momentos negativa.
El segundo mensaje es una obviedad, al señalar que el accionista que acuda al canje no recibirá el dividendo extraordinario de medio euro por acción que el consejo quiere que apruebe la junta de accionistas de Sabadell el próximo 6 de agosto. Ni el que acuda al canje ni el que venda ahora, ya que para cobrar un dividendo es necesario ser accionista.
Tras el anuncio del acuerdo de venta de TSB, las acciones de Sabadell se revalorizaron porque se descontó el nuevo dividendo propuesto, pero la teoría señala que, una vez repartido, al menos esa revalorización debería reflejarse negativamente en la cotización del banco, ya que en ese momento efectivamente tendrá menos valor.
Elección
La cuestión está en que el canje de acciones tendrá lugar antes de que se reparta ese dividendo, es decir, que desde el lado de Sabadell se pretende que los accionistas elijan entre una promesa, cierta, pero no mantenible en el tiempo, de una remuneración elevada, y la pertenencia a BBVA, un grupo financiero con una rentabilidad del negocio más alta en la actualidad y también en el futuro cercano, porque el banco de origen catalán será una quinta parte más pequeña que ahora, tras la venta de TSB.
BBVA tiene, además, la capacidad hasta cinco días antes de que finalice el periodo de aceptación de la oferta de modificarla a favor los accionistas de Sabadell. Puede elevar el precio y cambiar la proporción entre efectivo y acciones, aunque hasta ahora ha defendido que no lo hará, porque ofrece una prima del 30% sobre el valor de las acciones de Sabadell en el momento de lanzar la opa y porque los títulos de BBVA también valen más ahora que entonces.
La disyuntiva está en quien invierte a corto plazo y quien lo hace a un periodo algo mayor. En principio, se supone que los accionistas institucionales tienen claro este tipo de maniobras, absolutamente lícitas, pero que se agotan muy rápidamente. Es mucho más difícil calibrar cuál puede ser la respuesta de los accionistas individuales. Cada uno de ellos tendrá sus motivaciones y sus razonamientos.
No se conoce (el consejo de Sabadell sí, pero no la hace pública) la composición real del accionariado de la entidad. Cuando se presentó la oferta era ligeramente favorable a los inversores institucionales (en torno a 52%-48%), pero seguro que se ha modificado en este año largo transcurrido, posiblemente a favor de los primeros, entre otras cosas porque algunos accionistas habrán hecho caso a su consejo y habrán vendido ante la perspectiva de obtener más que acudiendo al canje.
En todo caso quedan algo más de dos meses para conocer el desenlace, para saber quién ha ganado no solo el relato, sino también la operación.