Para reducir la especulación de los flujos financieros, como pretendía su inventor, el Premio Nobel de Economía James Tobin; para reducir los índices de pobreza en el mundo, como defendió el movimiento antiglobalización a principios de siglo; para financiar la lucha contra el cambio climático, como reivindican los ecologistas y los partidarios de una transición energética; para cubrir los déficit de la Seguridad Social y poder pagar unas pensiones públicas dignas a los jubilados. Todavía no se aplica la tasa sobre las transacciones financieras a nivel regional o mundial, y muchos sectores se disputan una recaudación que no será infinita.