Los cielos amenazan tormenta. Los expertos aún no saben si caerá con la suavidad del orvallo o la violencia de una ciclogénesis explosiva; pero está llegando. Se demorará cinco años o una década, pero está llegando. El hombre tendrá que buscar cobijo bajo nuevos sistemas de protección social. Porque los que existen cada vez son menos efectivos frente a la inequidad o la desaparición de miles de puestos de trabajo que arrastra la robotización, la economía de los algoritmos y la inteligencia artificial. En muchas naciones desarrolladas, la globalización esquilma a las clases medias y bajas mientras el aluvión tecnológico encoge los salarios. Poco extraña que el trabajador se sienta como ese último bolo que, tembloroso, aún resiste en pie en el carrusel de la bolera.