
Santander ha acordado desde el pasado julio la adquisición de TSB y Webster Bank.
Dos compras por más de 13.000 millones de euros en apenas seis meses, que habrá que esperar para ver si acaban con las dudas sobre la rentabilidad de sus negocios que han acompañado al banco durante años o generan otras nuevas.
Desde hace tiempo, una parte de las firmas de inversión ha venido cuestionando la presencia de Santander en EEUU y Reino Unido por presentar estas filiales niveles de rentabilidad insuficientes.
Otros competidores han abandonado mercados donde obtenían bajos retornos y eso ha impulsado su rentabilidad global a tasas de hasta el 22%, pero Santander ha defendido su vocación de permanencia.
Hasta ahora, este escenario confería al grupo un gran valor: la recurrencia de resultados y un mejor comportamiento relativo en los periodos de crisis, cuando más se evidencian las bondades de la diversificación.
Santander, sin embargo, cree que puede aspirar a todo; ser un grupo que, sin renunciar a su carácter global y a su actual presencia internacional, pueda estar también entre los líderes en rentabilidad.
«Nos hemos ganado ser una inversión de crecimiento», apuntó ayer la presidenta del grupo, Ana Botín.
Reino Unido y especialmente EEUU son grandes mercados financieros, y por lo que respecta al banco, Santander cree que los hándicap que tenía hasta ahora para competir en ellos quedan resueltos con la compra de TSB y Webster Bank.
Según la entidad, ambas compras le proporcionarán la escala necesaria, lo que unido al proceso de transformación en el que está inmerso el grupo, lo situará a la altura de los mejores en las dos geografías.
Más crecimiento se traducirá en más dividendos, enfatizó Botín. Es la otra derivada. Que el tiempo avale si ambas compras son el mejor destino para el dinero, frente a la opción de más recompras, dividendos extraordinarios y crecimiento orgánico.