Un nuevo pánico global recorre el mundo: el miedo a la robotización. La aparición de la inteligencia artificial (IA) ya no es un divertimento científico ni carne de guion para películas de ciencia-ficción. Está aquí y se manifiesta en automóviles capaces de transitar sin conductor, diagnósticos médicos de relativa complejidad, operaciones quirúrgicas de complicación media, seguridad, reconocimiento de voz o tareas industriales no repetitivas que hasta solo cinco años atrás estaban destinadas a personas. La broma del Deep Blue ganando a Kasparov se ha convertido ya en una amenaza real que se encargan de valorar, cuantificar y magnificar los expertos en prospectiva. Llega sin normas ni reglas: apenas algunos textos de ciencia-ficción (I, Robot, de Asimov, las fábulas distópicas de Stanislaw Lem) y la certeza catastrofista de que la sociedad humana puede acabar dominada por los morlocks de La máquina del tiempo, de Wells.

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