Aunque la economía española ha entrado de forma convincente en una senda de crecimiento, que hasta el momento podríamos describir como uniformemente acelerado, la verdad es que el final de la recesión no ha traído una confianza razonable en el sostenimiento de la tasa de aumento del PIB a medio plazo. Las razones, como demuestra el barómetro de Deloitte que publica Negocios, son de naturaleza varia, pero se pueden resumir en tres. Una primera y fundamental es que las tasas de crecimiento, cercanas al 3%, no han conseguido todavía transmutarse en un aumento de las retribuciones y en la estabilidad en el empleo que permita afianzar la creación de riqueza con un progreso sostenido de los bienes de consumo duradero. Por decirlo en términos acuñados ya como tópicos, la precariedad laboral y los salarios bajos dañan la progresión prevista del crecimiento. Y, por cierto, sigue sin aclararse si esa precariedad y esos salarios deprimidos y deprimentes constituirán el patrón laboral durante los próximos años o hasta la próxima recesión.