
BNP Paribas es el último banco en sufrir un golpe por fraude, y a medida que cambien las condiciones financieras, no será el último.
Para aquellos a los que les preocupa la fragilidad del sistema financiero, hay algo extrañamente tranquilizador en el fraude. Si los bancos van a afrontar costes imprevistos por préstamos impagados, es mejor que sean el resultado de unas pocas «cucarachas», como las describió recientemente el consejero delegado de JPMorgan, Jamie Dimon, que de un deterioro amplio y corrosivo de las condiciones crediticias.
Por lo tanto, los casos recientes deberían ser molestos, más que un motivo de preocupación sistémica. El último se produjo en BNP Paribas, que provisionó 190 millones de euros por un fraude relacionado con la financiación de impagados. Los bancos regionales estadounidenses Zions y Western Alliance también informaron recientemente de que habían sido víctimas de fraude, y las autoridades están investigando posibles irregularidades en torno a las quiebras de la empresa de préstamos para la compra de automóviles Tricolor y del fabricante de componentes para automóvil First Brands.
¿Pero qué ocurre si el fraude se convierte en una parte endémica del sistema? Sin duda, las condiciones que propician la estafa empresarial son cada vez más favorables. Se trata de la presión, la oportunidad y la racionalización: los tres vértices de lo que el criminólogo Donald Cressey denominó en la década de 1950 el «triángulo del fraude».
Para hacerse una idea de la presión a la que pueden estar sometidos los directivos de las empresas, debido a los altos tipos de interés, los aranceles y otras incertidumbres, basta con observar las insolvencias empresariales. En Europa y EEUU, las insolvencias van en aumento. En Reino Unido, el nivel se ha mantenido cerca de su máximo de 30 años durante los últimos dos años.
Las oportunidades también aumentan. Las empresas de crédito privado se desviven por asignar capital; los bancos compiten por ofrecerles oportunidades de inversión. La historia financiera demuestra sobradamente que, en épocas de euforia, los estándares tienden a relajarse.La tecnología también ofrece más formas de defraudar, falsificar documentación y engañar a consumidores y contrapartes.
El verdadero coco es la racionalización: la excusa de que «todo el mundo lo hace». También en este caso resulta difícil creer que las condiciones no estén empeorando. En un estudio de hace una década, los participantes en un juego de dados demostraron ser más propensos a mentir sobre su puntuación en países con una mayor prevalencia de violaciones de las normas. La riqueza difícilmente fomenta la honestidad: un estudio californiano reveló que los conductores de coches de lujo son más propensos a entrar en una intersección de cuatro vías cuando no les corresponde.
Si Cressey tenía razón, EEUU debería estar especialmente alerta. Junto con la creciente presión económica y la relajación de los estándares crediticios, es fácil comprender cómo la actitud despreocupada de la Administración Trump ante los conflictos de intereses y el enriquecimiento de personas con información privilegiada podría favorecer la racionalización. Además, los drásticos recortes aplicados a los organismos reguladores contra el fraude como la Comisión del Mercado de Valores podrían reducir los elementos disuasorios.
Así pues, si los vértices del triángulo del fraude realmente se están agudizando, ¿qué sucederá? Empresas, prestamistas e inversores tendrán que invertir más para reforzar sus defensas. Pero dadas las condiciones propicias para la mala conducta corporativa, la inquietante conclusión es que las cucarachas que hoy empiezan a asomar no serán nada comparadas con las que aún están por salir del cascarón.
© The Financial Times Limited [2025]. Todos los derechos reservados. FT y Financial Times son marcas registradas de Financial Times Limited. Queda prohibida la redistribución, copia o modificación. EXPANSIÓN es el único responsable de esta traducción y Financial Times Limited no se hace responsable de la exactitud de la misma.